Dormía plácidamente sobre mi cama, recuperando las energías perdidas tras el penúltimo curso de mi vida académica. Mi sueño era tan profundo que a duras penas escuchaba el rumor distante de los vecinos al pasear por las calles del pueblo, saludándose y charlando. De pronto, el tono de mi móvil comenzó a sonar ruidosamente, obligándome a despertar de mi largo descanso.
Antes de contestar, eché un vistazo a la pantalla para ver quién me llamaba a las diez de la mañana de un 9 de julio. A esa hora, normalmente solo podía tratarse de publicidad no deseada o de una llamada imprevista. Por suerte, era mi mejor amiga, Alexa.
Descolgué y, con voz todavía áspera por el sueño, dije:
—¿Alexa? ¿Qué haces despierta a estas horas? Por favor, dime que te has equivocado de número…
—¡Buenos días a ti también, bella durmiente! —saludó ella al otro lado con una energía envidiable.
—Buenos días… Lo siento. Es que acabo de abrir los ojos y ya me conoces: si madrugo sin un motivo de peso, no soy persona.
—Y menos mal, porque si te hubiese llamado una hora antes creo que me habrías mandado a la mierda —exageró como únicamente ella sabía hacer, sacándome una pequeña risa—. A ver, que se me olvida a lo que iba… ¡Ah, sí! Lilith Wilder Haase, queda oficialmente convocada a las doce del mediodía en el Parque de las Hespérides. Vienen mi novio y un primo suyo.
Su invitación me tomó por sorpresa. Casi siempre me apartaba de sus planes en pareja para no hacer de sujetavelas, pero la diferencia esa mañana era aquel invitado extra.
—Pi-pi-pi… Tierra llamando a Lilith, ¿me recibes?
Su imitación de una transmisión de radio espacial me trajo de vuelta. Además de resultarme extraña la propuesta, me daba pereza salir a esa hora, aunque muy en el fondo sabía que ya tocaba estrenar el verano.
—Sí, perdona, sigo aquí.
—Entonces… ¿qué? ¿Nos vemos en el parque? —preguntó directamente, dando mi respuesta por sentada. Me conocía demasiado bien.
—Venga, va. Pero como me hagas madrugar más mañana, te borro de mis contactos.
—No prometo nada —se burló—. Y oye… intenta que tu madre no te ponga muchas pegas para salir, ¿vale? Ya sabes cómo se pone últimamente con lo de «la seguridad del hogar».
—Descuida, me inventaré algo. Nos vemos luego, Alexa.
—Te adoro, Lily. Ten cuidado.
Colgué e, incorporándome en la cama, me desperecé. Todavía no estaba del todo convencida de si era buena idea ir, pero tampoco quería dejar tirada a mi mejor amiga. Miré el reloj digital de la mesita de noche: eran las 10:30. Me levanté —echando de menos la comodidad del colchón— y fui directamente al baño para arreglarme.
Cuando estuve lista, bajé las escaleras. Lo primero que vi al pisar el último escalón fue la mirada examinadora de mi madre. Katharine Haase estaba de pie junto a la mesa del comedor, con la postura erguida que siempre adoptaba cuando buscaba evaluar algo.
—Buenos días, pequeña. ¿Se puede saber a dónde vas tan arreglada? —preguntó, repasando mi atuendo de arriba abajo. A cada detalle en el que reparaba, su ceño parecía fruncirse un poco más.
—No seas exagerada, mamá —contesté, intentando restarle importancia—. He quedado con Alexa. Me ha dicho de dar un paseo por el parque…
Supe al instante que la respuesta no la convencería del todo. Desde que las cosas en el país habían empezado a cambiar y los roles de la mujer se volvían cada vez más estrictos, la sobreprotección de mi madre se había vuelto casi claustrofóbica. Katharine Haase vivía obsesionada con la genealogía familiar, las buenas costumbres y, sobre todo, con mantenernos a salvo dentro de los márgenes de lo que la sociedad consideraba «una familia virtuosa».
—¿Solo con Alexa? —inquirió, cruzándose de brazos y dando un paso hacia mí—. Sabes perfectamente que no me gusta que andes sola por el pueblo a según qué horas, Lilith. El mundo ahí fuera está cada vez más enrarecido y las chicas jóvenes deben ser prudentes. Tu padre y yo solo queremos protegerte.
—No voy a estar sola, mamá. Estaré con Alexa todo el tiempo —mentí piadosamente, ahorrándome la presencia de Kyle y de su primo para no desencadenar un interrogatorio sobre sus familias o sus intenciones—. Volveré antes de comer, te lo prometo.
Mi madre me sostuvo la mirada unos segundos, midiendo la veracidad de mis palabras, hasta que sus hombros finalmente se destensaron. La rigidez de su rostro dio paso a una mirada cargada de un afecto casi asfixiante.
—Está bien, cariño. Pero no te desvíes del parque ni te quedes a solas en sitios apartados —pidió mientras ahuecaba mi rostro en sus manos y me llenaba las mejillas de besos afectuosos—. Eres nuestro tesoro, Lily. No me perdonaría jamás si te pasara algo.
—Lo sé, mamá. No te preocupes, sé cuidarme —murmuré entre tanto mimo, devolviéndole el abrazo con una mezcla de cariño y resignación.
—El desayuno está en la mesa. Estaré arriba en el despacho con tu padre si me necesitas.
Subió las escaleras en dirección a la estancia donde guardaba sus libros y registros familiares. Con un suspiro de alivio, fui a la cocina a servirme una taza de leche caliente. La mesa ya estaba dispuesta con cereales, pan y mermelada.
—Buenos días, Lilith Super Saiyan —soltó una voz desde el sofá de la sala.
Levanté la vista y me topé con la cara juguetona de mi hermano pequeño asomando por encima del respaldo. Ethan, a sus doce años, parecía vivir en un universo paralelo, completamente ajeno a las tensiones del país y a los discursos de nuestra madre.
—¿Algún día dejarás de llamarme así? Es muy molesto. —fruncí el ceño, aunque me costaba aguantar la risa.
—El día que te levantes y te peines, te prometo que lo dejo —juró con cara de inocente, antes de rematar—: Pero creo que te gusta salir a la calle con esos pelos de loca.
Aprovechando que se reía distraído, cogí un bolita de cereal de la bolsa y se la lancé. Ethan no se amilanó: devolvió el tiro con una precisión pasmosa y el cereal me dio de lleno en la frente.
—¡Ey! —protesté, soltando una carcajada mientras él se escondía detrás del sofá.
Comer junto a Ethan me devolvió un poco de ligereza. Mi hermano era una bendición; su capacidad para ignorar la densidad de nuestro hogar era el único refugio que me quedaba. Tras terminar de desayunar y asegurarle que no le traería nada del pueblo, miré el reloj: eran las 11:45.
Salí a la calle con el tiempo justo. Mi casa estaba a solo ocho manzanas del Parque de las Hespérides, por lo que a paso ligero llegaba en unos diez minutos. Un sol abrasador me recibió al cruzar la puerta. Al pasar por la calle principal de Sedgwick, me fijé en los banderines festivos que ya colgaban entre los edificios. En menos de tres semanas se celebrarían las tradicionales Fiestas de Sedgwick, el evento más concurrido del condado. Quizá por eso Kyle había venido desde Memphis para pasar unos días con Alexa.
Cuando al fin llegué a mi destino, me recibió el enorme árbol repleto de manzanas doradas que daba nombre al parque en honor a la mitología griega. Por supuesto, no eran de oro de verdad, sino que estaban pintadas, pero ese era un secreto que los habitantes del pueblo guardábamos frente a los visitantes.
Tras admirar el árbol como de costumbre, busqué la melena morena con mechas rojas de Alexa. La encontré al lado izquierdo, charlando con un chico alto y robusto: Kyle. Sonreí con la intención de acercarme sigilosamente para darles un susto, pero…
—Lilith, ni lo intentes. —advirtió Alexa sin darse la vuelta. Se giró y sus ojos azules me clavaron una mirada burlona.
—¿Algún día me dejarás asustarte? Siempre me descubres… —lamenté haciendo un puchero.
—Cariño, se te da fatal avanzar en silencio —se mofó mientras Kyle le pasaba un brazo sobre los hombros.
—¿Qué tal, Lilith? ¿Cómo ha ido el final de curso? —preguntó él con genuino interés.
—Bien, algo estresante con los exámenes finales, pero al fin libre —respondí con una sonrisa.
—Bueno, Kyle, ¿dónde se ha metido Max? —inquirió Alexa mirando a su alrededor con impaciencia—. Te dije que tendría que haber venido contigo, seguro que se ha despistado.
—No lo sé, amor. Ni siquiera me coge el teléfono —contestó Kyle revisando la pantalla de su móvil—. Conociéndolo, se habrá quedado dormido en el hotel.
—Espera. ¿Max? —interrumpí, mirando fijamente a mi amiga—. No me habías dicho su nombre. ¿Quién es?
—Ah, sí, perdona… Es el primo de Kyle —explicó Alexa con una sonrisa algo culpable—. Sabía que si le decías a tu madre que ibas a conocer al primo de Kyle, que viene de Memphis, empezaría con sus interrogatorios sobre la familia y las buenas influencias. Tuve que adornar un poco la historia para que no te pusiera pegas.
—No te preocupes. Bastante he tenido ya con el interrogatorio de esta mañana sobre no andar por sitios desiertos y mantener la prudencia —resoplé con cansancio.
—Qué pesadilla —lamentó Alexa—. Tu madre cada día está más paranoica con las dichosas pautas de conducta del nuevo Gobierno. De verdad, qué agobio de época nos ha tocado vivir…
De repente, Alexa se cortó a mitad de frase. Su mirada se fijó en algo a mis espaldas. Tanto ella como Kyle intentaron avisarme, pero no dio tiempo: un cuerpo duro chocó violentamente contra el mío.
Perdí el equilibrio y caí de rodillas sobre la hierba, raspándome las palmas de las manos. Al levantar la vista, esperando una disculpa, me topé de lleno con la mirada de un chico.
Durante una fracción de segundo, su rostro reflejó un fastidio puro y cortante, una frialdad casi peligrosa, como si yo fuera un simple obstáculo molesto en su camino. Pero al cruzarse sus ojos con los míos, la tensión de su mandíbula se disipó tan rápido que dudé de si lo había imaginado.
—Madre mía, lo siento muchísimo —dijo, transformando su tono en uno cálido y compasivo mientras me tendía la mano para ayudarme a levantar—. Estaba distraído con el móvil y no te he visto. ¿Estás bien? Déjame ver esas manos…
Me quedé paralizada unos instantes antes de aceptar su mano.
Años después, desde la distancia firme que otorgan las cicatrices y el peso de una corona que jamás pedí, me resulta desgarrador recordar la ingenuidad con la que sostuve sus dedos aquella mañana de julio. Ignoré la punzada de advertencia en mi estómago, el leve escalofrío que me recorrió la piel al contacto con su piel tibia y la fugaz sombra de desprecio que había visto en sus ojos apenas un segundo antes. Me dije a mí misma que había sido una paranoia de mi mente introvertida.
No podía saberlo entonces. No podía adivinar que la mano que en ese instante se ofrecía para limpiarme la tierra de las palmas sería la misma que, exactamente dos meses y diez días después, se cerraría sin piedad alrededor de mis muñecas en la oscuridad de un callejón.
Si hubiera sabido lo que significaba ese choque, habría echado a correr en dirección contraria. Pero el destino no avisa cuando te cruzas con tu propio tormento; simplemente te sonríe, te tiende la mano y te invita a caer.


