Un grito llenó el vacío y la sangre salió disparada, salpicando la mesa y la ropa de los que aún permanecían sentados. Tres corrían a esconderse sin mirar atrás.

La hoja del cuchillo había resbalado de unas manos torpes y ahora relucía bajo la luz blanca artificial del techo. Tras su intento infructuoso de agarrarlo, los cinco permanecían sentados, petrificados. Uno de ellos, dueño de la sangre, se sujetaba su dolorida mano.

Sin tiempo para pensar, el portador del cuchillo lanzó, con movimientos torpes, varias cuchilladas que, a pesar de todo, hirieron en el brazo y el hombro de otros dos.

Ya no hubo más dudas y todos se trataron de huir. Se incorporarse con presteza y brusquedad para alejarse del agresor. Se incorporó y atacó de nuevo, ya con más habilidad. Asó, hundió el cuchillo en el pecho del más cercano, que aún permanecía confuso por el corte en su mano. Apenas gritó; tan solo miró el cuchillo clavado en su pecho y emitió un gemido seco para, de seguido, soltar unos sonidos guturales ininteligibles. Su cabeza cayó hacia delante casi a cámara lenta.

El portador extrajo el cuchillo y giró sobre sí mismo, para buscar al resto. Su mirada encendida, que no dejaba lugar a duda de sus intenciones; llegaría hasta el final. Respiraba lento, hinchando mucho el pecho.

En la sala solo quedaban tres: uno ileso y los otros con sendos cortes en brazo y hombro. Permanecían inmóviles, conteniendo la respiración, y con los ojos sobre él. Dudaban que hacer. No era una decisión fácil.

El más mayor, aún ileso, dio pasos hacia atrás con lentitud hasta chocar con torpeza con la pared. No había duda que buscaba una escapatoria.

Tras unos segundos de quietud, quizá para analizarse o quizá con la mente en blanco, el portador se abalanzó con el cuchillo por delante. Lo hizo sobre el más débil, el que lucía un corte en el hombro. Este, inconscientemente, trató de protegerse y colocó la mano justo delante. Detuvo el golpe, pero el cuchillo atravesó la mano. Lanzó un alarido de dolor.

El agresor tiró para sacar el cuchillo, haciendo que se abriera la carne, a la vez que cortaba músculo y tendones. Cayó de rodillas al tiempo que lloraba de dolor al ver su mano partida por la mitad.

No esperó más y, acto seguido, trató de asestar un nuevo golpe. Sin embargo, algo golpeó su espalda. Cayó al suelo, boca abajo, pero no soltó el cuchillo. No podía dejarlo caer. Por fin era suyo, no iba a perder la oportunidad. Quizá no tuviera otra.

El atacante, el del brazo ensangrentado, se colocó sobre él para tratar de reducirlo. El mayor de todos vio la oportunidad y se acercó con rapidez para sumarse a la acción.

Entre ambos lo sujetaron con fuerza, tratando de inmovilizarlo. El tercero tan solo era capaz de lloriquear y de observar su mano, rajada en dos.

El portador daba bandazos blandiendo el cuchillo, pero no alcanzaba a sus atacantes. Entre los dos consiguieron inmovilizar el brazo y le agarraron la cabeza por la frente. Tiraron hacia atrás con fuerza, doblando las vértebras, sintiendo la tensión, sintiendo cómo crujían. El portador gemía de dolor; mientras, los otros tiraban con violencia, sin ápice de compasión. No cesaron hasta que la tensión se hizo insoportable.

—Ya… ya —farfulló como pudo, al tiempo que soltaba el cuchillo.

Inmediatamente, liberaron a su presa. El mayor de todos se agachó y agarró el cuchillo.

—¡Conseguido! —gritó, alzándolo con aura triunfante.

Poco a poco aparecieron los otros tres jugadores que habían huido, sonrientes y dispuestos a continuar.

El portador maldecía por lo bajo mientras se masajeaba el dolorido cuello. Sus pensamientos lo atormentaban. ¿Cómo había podido dejar pasar la ocasión?

Entre varios retiraron el cuerpo inerte dentro del baño. Sin dilación, los ahora siete volvieron a sentarse en la mesa.

—Preparados para la siguiente ronda —dijo alguien al tiempo que abría y cerraba las manos con fuerza.

Entonces, el mayor de todos colocó el cuchillo en el centro y lo hizo girar con fuerza.

—Ya sabéis. Manos sobre la mesa y ni un movimiento. Hasta que no se detenga no se puede tocar… —amenazó recitando el protocolo establecido. Ninguno quitaba la vista del cuchillo. Tan solo el sollozo del manco rompía la tensión— ¡Y solo vale cogerlo por el mango!

Entonces el silencio volvió y las miradas se afilaron mientras contemplaban el brillo del cuchillo al girar.