Capítulo 36: El día a día de una vida tranquila
Abrí los ojos y lo primero que me recibió fue blanco.
Un blanco cegador, acompañado por la supuesta dureza de la cama bajo mi espalda.
O, al menos, eso me habría gustado decir.
No me quedé ciego y tampoco sentía la cama particularmente dura. Solo quería burlarme, aunque fuera dentro de mi cabeza, de la absoluta falta de creatividad de este lugar.
Puedes creer que la única manera de atormentar a sus pobrecitos e indefensos prisioneros de esta organización sea blanco. Es insolito.
Era como vivir dentro de la imaginación de alguien que únicamente conocía un color y estaba demasiado orgulloso para admitirlo.
—Aaah. Qué hermoso día, ¿no?
Me incorporé y realicé algunos estiramientos improvisados, levantando los brazos por encima de la cabeza.
—Los pajaritos cantan, las flores se levantan y el cielo está de un hermoso azul.
Esperé.
Como era de esperar, no hubo respuesta.
Ni una voz detrás de las paredes. Ni un guardia entrando para decirme que cerrara la boca. Ni siquiera una descarga eléctrica de cortesía.
¿Es que acaso estos tipos no tenían sentido del humor? Que aburrido.
—Público difícil.
Volví a recostarme sobre la cama y entrelacé las manos detrás de la cabeza.
—Me pregunto cuánto tiempo habré dormido.
Una hora y treinta y siete minutos.
No necesitaba un reloj para saberlo.
En cierto punto de mi entrenamiento se me había vuelto imposible dormir más que eso. Mi cuerpo simplemente despertaba una vez alcanzado el tiempo necesario para recuperarse.
Una de las pocas consecuencias de mi entrenamiento por las que estaba agradecido. Dormir era una pérdida de tiempo, y soy un hombre de negocios.
Aunque también significaba que ahora tenía varias horas para disfrutar de la interesante decoración de mi celda.
“Pero una mejor pregunta sería: ¿qué hago ahora?”
Había demasiada información que analizar, mucha más que todavía tenía que descubrir y, sobre todo, un poder nuevo con el cual experimentar.
Casi no sabía por dónde empezar, y eso me tenía al borde de mi asiento. Bueno si estuviera sentado jajaja.
Primero debía organizar todo lo que había aprendido, incluyendo las cosas que Gerald no había querido explicar.
Me senté en el borde de la cama y comencé a enumerar mentalmente los datos.
Existían ocho niveles dentro de la clasificación M.E.R.M.U.
Solo una persona conocida había superado esa clasificación.
Las habilidades provenían, aparentemente, de algún tipo de raza alienígena.
Se dividían en tres ramas: físicas, elementales y conceptuales.
Normalmente era necesario un detonante para que se manifestaran.
Yo figuraba oficialmente como muerto.
Mis órganos podían utilizarse para fabricar supersoldados.
Y esta organización contaba con superiores, científicos, guardias robóticos y una cantidad desagradable de tecnología avanzada.
Información interesante si puedo agregar. Aunque todavía siento que nos faltaba algo fundamental.
Un nombre.
—Mmm…
Miré hacia una de las cámaras que seguramente se encontraban ocultas en las paredes.
—Los llamaré “los Idiotas”.
Sonreí.
—Sí. Suena apropiado, fácil de recordar y apto para todo público. Que brillante que soy.
Con ese asunto resuelto, pasé a lo segundo más importante.
“Si Gerald tenía permitido contarme todo eso, significa que la información no es demasiado valiosa para ellos.”
También existía la posibilidad de que estuvieran completamente convencidos de que jamás saldría de este lugar.
O podía ser que fueran idiotas de verdad.
Probablemente se trataba de la primera opción.
Todo lo que Gerald me había contado debía ser conocimiento básico dentro de la organización. Información que, tarde o temprano, terminaría aprendiendo durante los experimentos.
Eso significaba que las próximas pruebas revelarían más cosas.
Nombres.
Procedimientos.
Tecnología.
Jerarquías.
Capacidades.
Debilidades.
Lo único que tenía que hacer era observar, escuchar y provocar las respuestas correctas.
Gerald había intentado interrogarme mientras extraía mis órganos, pero al final había terminado contándome más de lo que yo le había dicho a él.
Eso era lo divertido de las personas.
Creían que controlaban una conversación solo porque eran quienes formulaban las preguntas.
Lo más destacable seguía siendo la existencia de alguien que había superado el octavo nivel.
“Me pregunto quién será.”
La forma en que Gerald había evitado profundizar en el tema indicaba que no era una simple curiosidad histórica. Esa persona probablemente seguía viva o, como mínimo, continuaba siendo relevante.
Quería saber más. Quería saber todo lo que verdaderamente estaba pasando en este lugar, en este mundo. Y quienes eran realmente estos idiotas.
La emoción era casi asfixiante.
Pero debía mantenerme concentrado.
Era evidente que el poder militar de los Idiotas no estaba compuesto únicamente por robots y tecnología avanzada. Una organización dedicada a capturar y experimentar con personas como yo tendría que contar con sus propios sujetos mejorados.
No sería extraño que algunos individuos extremadamente poderosos hubieran aceptado trabajar para ellos.
Por voluntad propia, por dinero, mediante amenazas o porque eran demasiado estúpidos para comprender que también podían terminar sobre una mesa de operaciones cuando dejaran de ser útiles.
En cuanto a la supuesta fabricación de supersoldados utilizando mis órganos, no estaba completamente convencido.
Gerald parecía creerlo, pero creer algo no lo convertía en realidad.
Quizás podían trasplantar mis órganos. O buscaban una manera de replicarlos. Quizás solo quería tener alguna forma de control sobre mi o esa neblina dorada.
O quizás sus superiores todavía no tenían idea de qué hacer conmigo y el desgraciado solo estaba especulando porque era verdaderamente estúpido.
Los detonantes también eran interesantes, aunque todavía tenía muy poca información para sacar una conclusión útil.
Podían ser situaciones de estrés, traumas, experiencias cercanas a la muerte o cualquier otra estupidez dramática.
En mi caso, había despertado después de recibir una puñalada en la garganta. Idiota.
Permanecí un buen rato repasando todo lo sucedido desde que desperté. Intenté encontrar contradicciones, patrones o cualquier detalle que Gerald hubiera revelado sin querer.
No conseguí demasiado.
La información era pobre y la mayoría de mis conclusiones no pasaban de ser conjeturas.
Me rasqué el cabello, frustrado.
—Qué decepción. Esperaba descubrir una conspiración mundial antes del desayuno.
No tenía sentido continuar repasando los mismos datos.
Por el momento, había algo mucho más productivo que podía hacer.
Jugar con mis nuevos poderes.
Mi primer pensamiento fue hacerlo a escondidas. Después de todo mis nuevos tutores legales estaban hay observando.
Mostrar demasiado podía ser un error.
Sin embargo, ocultar completamente mis capacidades también podía volverlos más cuidadosos. Si sabían que cooperaba con los experimentos, quizás se confiarían lo suficiente como para mostrarme cosas más interesantes.
Ellos tenían la información que quería al final.
Además…
Miré directamente hacia la pared donde imaginaba que estaba una de las cámaras.
—Ya que están mirando, ¿por qué no les doy un espectáculo?
Me levanté de la cama.
Retrocedí hasta tocar la pared opuesta.
Incliné el cuerpo.
Y corrí con todas mis fuerzas hacia la puerta.
No era particularmente rápido, pero la distancia era suficiente para ganar algo de impulso.
Giré el hombro y lancé un puñetazo directo al centro de la puerta.
El impacto produjo un golpe seco.
La puerta no se movió.
Ni siquiera vibró.
Mi brazo, por otro lado, no tuvo tanta suerte.
La mano se rompió en pedazos, convirtiéndose en un saco irregular de carne, huesos y sangre. La muñeca se dobló en un ángulo que seguramente no figuraba en ningún manual de anatomía, mientras el codo se salía de su lugar y atravesaba la piel.
Supongo que el dolor recorrió todo mí brazo. De todas formas no podía sentirlo.
La neblina dorada comenzó a formarse alrededor de la herida.
—¡Detente!
La neblina obedeció.
Quedó suspendida alrededor del brazo, inmóvil, justo antes de comenzar la reparación.
—Qué educada.
Levanté la extremidad destrozada para examinarla.
Los dedos habían quedado reducidos a fragmentos irreconocibles. Parte del hueso sobresalía por la carne y la sangre descendía hasta el suelo, formando un pequeño charco junto a mis pies.
Cualquier experimento físico que hiciera sería repetido más adelante en el laboratorio.
Eso era inevitable.
Pero yo no estaba interesado únicamente en observar cómo se regeneraba mi cuerpo.
Quería algo más profundo.
Me senté en el suelo, cruzando las piernas, y apoyé el brazo destrozado sobre mi regazo.
—Curá.
La neblina comenzó a moverse.
—Más lento.
La velocidad de regeneración disminuyó inmediatamente.
—Mucho más lento.
El proceso casi se detuvo.
Sonreí.
Era extraño.
No parecía necesitar una orden particularmente precisa. La neblina entendía lo que quería y se adaptaba.
¿Era parte de mi cuerpo?
¿Una habilidad independiente?
¿Una forma de energía?
¿Tenía voluntad propia?
¿O simplemente respondía a mis intenciones?
Cerré los ojos y concentré toda mi atención en la extremidad.
Intenté sentir el origen de la neblina.
Esperaba encontrar algún depósito de energía, un órgano nuevo, una sensación recorriendo mis nervios o cualquier cosa que explicara de dónde salía.
Nada.
La neblina aparecía.
Reparaba.
Desaparecía.
No había un recorrido claro.
No sentía que consumiera energía.
Tampoco parecía surgir de una parte específica de mi cuerpo.
Le di algunas ordenes más complejas, como reparar huesos antes que tejido, o primero las venas. Para probar como interpretaba ordenes complejas. Y pareció obedecer.
Intenté hacer que reconstruyera el brazo en un orden incorrecto, comenzando por los tejidos externos antes de restaurar la estructura interna.
La neblina volvió a obedecer, aunque corrigió algunos detalles por sí misma para evitar que la extremidad quedara inutilizable.
Eso era interesante.
Significaba que no seguía mis órdenes de forma completamente literal.
O yo estaba controlándola de una manera que todavía no comprendía.
Continué probando.
La obligué a detenerse, a retroceder, a reconstruirme de adentro hacia afuera y viceversa. A hacerme daño, esta última no tuvo resultado alguno.
Pero lo que más me frustraba, es que nada me permitió comprender su origen.
Pasaron minutos.
Después horas.
La sangre alrededor de mí se había secado hacía tiempo.
Mi brazo seguía siendo una masa de carne rota, aunque parte de los huesos comenzaban a recuperar su forma. De vez en cuando tenía que dañarme para continuar con el experimento.
Cuando habían pasado más de cinco horas, la puerta se abrió.
Dos guardias robóticos esperaban al otro lado.
Exactamente iguales a los anteriores.
En las cinco horas que estuve dedicando toda mi concentración al único propósito de entender el origen y flujo de esa energía no descubrí nada. Absolutamente nada.
Mi sonrisa desapareció.
—Curar.
La neblina dorada aumentó su intensidad.
En menos de un segundo, los huesos volvieron a su sitio, los músculos se reconstruyeron y la piel cubrió la extremidad. Moví los dedos para comprobar su funcionamiento.
Perfecto.
Me levanté sin mirar a los robots.
Estaba frustrado. Enojado diría.
No porque el experimento hubiera fracasado. Los fracasos eran parte de aprender.
Lo que me molestaba era no comprender por qué había fracasado.
No podía entender porque ni siquiera había encontrado nada. Y eso me tenía de mal humor.
Los guardias comenzaron a caminar y los seguí, sin preocuparme por la sangre seca que cubría mi ropa ni por el desastre que había dejado dentro de la celda.
Nada de eso importaba.
Solo podía pensar en la neblina.
“¿Qué eres?”
Atravesamos varios pasillos desagradablemente blancos.
Todo el complejo parecía diseñado por la misma persona obsesionada con la limpieza y completamente enemistada con los colores.
Las puertas se abrían antes de que llegáramos. Los paneles se iluminaban al paso de los robots y se apagaban una vez que nos alejábamos.
Intenté memorizar el trayecto.
Tres giros a la derecha. Dos ascensores. Un corredor descendente. Cuatro controles de seguridad. Una compuerta más gruesa que las anteriores.
Finalmente, quien hubiera diseñado el lugar pareció recordar que existían otros colores.
La última puerta se abrió y entramos en una sala de tonos fríos.
Azules claros. Grises metálicos. Luces celestes.
Seguía siendo un lugar aburrido, pero al menos ya no me daban ganas de arrancarme los ojos.
La habitación era gigantesca.
Debía medir, como mínimo, cien metros de largo por otros cien de ancho. El techo se elevaba varias decenas de metros y estaba cubierto por líneas de iluminación que formaban una cuadrícula perfecta.
El espacio se dividía en varias secciones.
A la izquierda había máquinas de ejercicio: cintas de velocidad, estructuras de levantamiento, plataformas circulares, pesas de tamaños absurdos y dispositivos cuyos usos no lograba identificar.
Una de las estructuras parecía diseñada para golpear a una persona desde diferentes ángulos.
Otra tenía anillos metálicos suspendidos alrededor de una plataforma.
No sabía si servía para medir energía o cocinar al sujeto desde dentro.
Cerca del centro había varias mesas quirúrgicas, brazos mecánicos, cápsulas transparentes y pantallas holográficas cargadas de información.
Detrás de ellas se levantaban contenedores reforzados. Algunos llenos de líquidos de diferentes colores. Otros completamente vacíos.
En el extremo derecho había una cocina equipada, varias mesas, instrumentos para analizar alimentos y una zona que parecía diseñada para estudiar el proceso digestivo.
Más al fondo había una piscina rectangular, rodeada por sensores y paneles móviles. El agua era completamente transparente, aunque no podía ver el fondo.
Eso seguro que era impresionante.
Todo estaba separado mediante paneles retráctiles que podían surgir del suelo. Las paredes contaban con cientos de cámaras, armas automáticas y pequeños orificios cuya función prefería descubrir en otro momento.
En la entrada me esperaban ocho personas.
Seis llevaban batas blancas.
Cuatro hombres y dos mujeres.
Uno de ellos era Gerald Pontecorvo.
El desgraciado que me había interrogado, quemado, perforado y desarmado como si yo fuera un juguete caro.
Cómo deseaba atormentarlo hasta que me rogara la muerte.
No parecía ser quien estaba al mando. Se mantenía ligeramente detrás de otro científico, con los brazos cruzados y una expresión todavía más cansada que la última vez.
Los otros dos ocupantes llevaban ropa militar.
Un hombre y una mujer.
La mujer vestía un uniforme negro extremadamente ajustado, más parecido a una segunda piel que a un equipo de combate. Me lanzaba miradas coquetas sin molestarse en ocultarlo.
“Probablemente consiguió el puesto de rodillas.”
No conocía nada sobre ella.
Eso no evitó que mi mente llegara a la conclusión más desagradable posible.
No porque realmente lo creyera.
Solo porque me divertía. Después de todo, las mujeres no valen nada más que sus cuerpos.
A ambos lados de la sala había treinta y ocho guardias robóticos.
Cuarenta, contando a los dos que estaban detrás de mí.
Sonreí.
—Qué bonito. La igualdad finalmente llegó a la ciencia. Ahora las putas pueden cambiar las rodilleras por una bata blanca y fingir que abren cerebros en lugar de piernas.
La reacción fue inmediata.
Las dos científicas fruncieron el ceño, visiblemente ofendidas.
La mujer del uniforme ajustado escondió una risita detrás de la mano, como si acabara de escuchar algo encantador.
Uno de los científicos estalló en carcajadas.
Se dobló sobre sí mismo, golpeándose una rodilla, hasta que terminó apoyado en el suelo mientras intentaba recuperar el aire.
Otro hombre sonrió y se cubrió la boca para disimular.
Gerald cerró los ojos y comenzó a masajearse las sienes.
Los últimos dos no reaccionaron.
El científico que parecía ser el líder permaneció inmóvil.
El hombre del uniforme militar ni siquiera pestañeó mientras fumaba.
—¡Ja, ja, ja! —El científico del suelo logró incorporarse—. Los psicópatas siempre son los más divertidos. Espero que podamos llevarnos bien.
Se acercó y extendió la mano.
—Nathan Mitchell. Cirujano experimental. Un gusto conocerte nuevo recluta.
Miré su mano. Después su sonrisa. Y se la estreché.
—Andrew. El gusto es mío. Espero que sepas ser amable en la mesa de operación.
Compartimos una sonrisa. Pareció gustarle mi comentario.
No confiaba en él.
Pero al menos parecía menos aburrido que Gerald.
Un hombre negro, alto y de constitución delgada, dio un paso hacia adelante.
—Marcus Carter. Biofísico energético.
Tenía una voz controlada y profesional. Su mirada se detuvo unos instantes sobre las manchas de sangre seca de mi ropa, aunque no realizó ningún comentario.
Extendió una mano hacia las dos mujeres.
—Ellas son Evelyn Whitmore, inmunóloga y hematóloga, y Rachel Bennett, bioquímica.
Evelyn era una mujer rubia de cabello recogido, mirada severa y labios apretados. No parecía haber disfrutado de mi presentación.
Rachel tenía el cabello oscuro, lentes pequeños y una expresión de absoluto desinterés. Me observaba como si yo fuera una muestra mal etiquetada.
Ambas asintieron sin ganas.
—Y a Gerald Pontecorvo ya lo conociste —continuó Marcus—. Neurólogo y segundo al mando del proyecto.
—Somos amigos —comenté.
Gerald dejó de masajearse las sienes y me miró.
—Me amenazó con torturar y asesinar a toda mi familia.
—Los amigos tienen formas extrañas de demostrar afecto.
Nathan volvió a reírse.
Gerald no.
Marcus continuó como si nada hubiera ocurrido.
—Nuestro líder es el doctor Jonathan Reynolds.
El hombre que no había reaccionado a ninguno de mis comentarios dio un paso adelante.
Tendría alrededor de cincuenta años. Cabello oscuro con algunas canas, rostro anguloso y una postura tan recta que parecía tener una barra de metal atravesándole la espalda.
Sus ojos eran lo más extraño.
No estaban vacíos.
Estaban concentrados.
Como si cada persona de la sala fuera únicamente una variable dentro de un cálculo mucho más grande.
—Jonathan Reynolds —dijo—. Genetista, biólogo celular y director del proyecto. Espero que nuestra cooperación sea productiva.
No extendió la mano.
No sonrió.
Ni siquiera pareció esperar una respuesta.
—Yo también. Siempre quise ser desarmado por un grupo de desconocidos.
Jonathan me observó unos segundos.
—Tu cooperación no es necesaria.
—Entonces será una relación saludable.
Su expresión no cambió.
Me agradaba un poco. Parecía del tipo de persona que no se dejaba influenciar por emociones sin sentido, sino atreves de la lógica y la razón. Un nerd en toda regla, pero uno que lo tomo como un hecho y siguió adelante.
—Saludos, cariño.
La mujer del uniforme negro se acercó.
Caminaba con una seguridad exagerada, balanceando las caderas como si toda la habitación fuera un escenario construido para ella.
—Soy Samantha Hayes.
Se detuvo frente a mí y apoyó el cuerpo contra el mío.
Era suave y cálido.
Su perfume tenía un aroma dulce, pero no empalagoso. Lo suficientemente intenso como para cubrir el olor de la sangre seca que llevaba encima.
—Formo parte del equipo de seguridad —susurró—. Así que espero que puedas portarte bien, bebé.
Acarició mi mejilla con las uñas.
Después acercó los labios a mi oído y sopló suavemente.
No me aparté.
Al contrario, me permití disfrutar del contacto.
Había cosas mucho peores que ser torturado por una mujer atractiva. Podía ser un hombre.
—No prometo nada.
—Mejor.
Sonrió.
Entonces sentí algo envolviéndome.
Al principio pensé que era otra caricia.
Después llegó la presión.
Una masa gris cubrió mi torso, mis brazos y mis piernas. Antes de poder reaccionar, mi cuerpo fue arrancado del


