El castillo de Fondeur se alzaba solitario en el corazón del campo, rodeado de interminables campos de trigo y colinas lejanas perdidas en la niebla. Construido en caliza pálida, sus muros brillaban bajo el sol, agrietados por los años pero inquebrantables. Cuatro torres marcaban sus esquinas.
La puerta principal, una imponente hoja de roble reforzada con bronce, guardaba el acceso. El interior era frío y sombrío. Altas columnas, pasillos estrechos y pesadas puertas de madera conducían a salas impregnadas de polvo, aceite y secretos. En el centro se hallaba la sala del trono.
Bajo el castillo, túneles se retorcían en la oscuridad. Ningún mapa los registraba. Ninguna luz se detenía allí. Eran más antiguos que el reino mismo.
Un anciano, cercano a los setenta y cinco años, recorría los corredores en penumbra del castillo. Su piel pálida brillaba tenuemente bajo la luz de las antorchas; una larga cabellera plateada caía sobre su túnica carmesí. Su barba blanca descansaba ordenada contra el pecho, y unas sandalias negras susurraban sobre el suelo de piedra. Lo llaman Gelio Murrah, el ministro del rey.
El pasillo permanecía en silencio. Puertas anchas y cerradas se alineaban una tras otra. Aunque el hombre parecía abstraído—como si caminara al azar—sus ojos se mantenían atentos, leyendo el castillo como un libro memorizado tiempo atrás.
Otro hombre apareció, envuelto en un manto negro. Rondaba los sesenta años, con el cabello corto, y sostenía un rosario en la mano. Caminaba con un propósito sereno. Su nombre es Milan Cretus, miembro de la realeza, y aquel quien representa el movimiento cristiano de los Fondeurs.
—Algo está ocurriendo —dijo Gelio—. Tu larga estadía en este castillo ha llegado a su fin, amigo mío.
Milan alzó una ceja y continuó a su lado.
—Me han informado —prosiguió Gelio— que algunos sospechosos han sido capturados… personas vinculadas al atentado contra la carroza del rey. Conoces bien a una de ellas. Francamente, pensé que estaba cien metros bajo tierra.
—¿Hay alguien —preguntó Milan— que sepa más de lo que creemos?
—Según Sócrates —respondió Gelio—, los guardias describieron a dos mujeres. Una de ellas, con largo cabello rizado y rojo. Alta. Rasgos masculinos. Está en el campamento, bajo interrogatorio. Debes marchar de inmediato. Kletus es un buen capitán, pero no eres tú.
—Agradezco que Su Majestad confíe en mí para esto —dijo Milan con respeto.
—Esto no es un ascenso —replicó Gelio con dureza—. Esa mujer… la que ambos conocemos… se llama Ekatulia.
Milan se detuvo en seco. Sus labios se entreabrieron, pero no dijo nada.
—Ha vuelto —susurró Gelio, mirando con cautela a su alrededor—. La bruja encontró el camino de regreso a casa. Se suponía que estaba acabada. Y, sin embargo, aquí está. Eso… es un misterio.
—Ekatulia debe tener sus razones —murmuró Milan—. Por supuesto, yo…
—El rey quiere que la ejecutes —interrumpió Gelio—. A ella, y a los demás. La otra no solo está acusada de saber del atentado, también de asesinar soldados griegos.
Los dedos de Milan se cerraron con fuerza sobre el rosario.
—Yo también quiero respuestas —continuó Gelio—. Pero el rey fue claro. Podrían correr rumores… que lo apoyó durante la invasión turca.
—Eso no fue a él —corrigió Milan con firmeza—. Fue a su padre, el viejo rey. Él invocó a la bruja para ayudar a su hijo. Y tras la guerra, le otorgó tierras. Hoy ni siquiera sé dónde están.
—Ella rompió aquel pacto —dijo Gelio—. Está aquí. Safris no repetirá los errores de su padre. Quiere borrar todo… como si nunca hubiese ocurrido.
Milan guardó silencio.
—Hay otro asunto —añadió Gelio, incómodo—. Una joven rebelde, de algunos 15 años esta en el grupo. Debe ser ejecutada, tiene su genio. Puedo mirar a otro lado. Tal vez tú le perdones la vida. Pero recuerda, estamos rodeados de ojos y oídos. Si se entera… no podré protegerte.
Milan estaba listo para marcharse, pero se detuvo.
—Lleva contigo a Freniud. Los animales necesitan aire fresco. Gelio le dice serenamente.
Más tarde, Milan se encontraba en su despacho. La sala era enorme, repleta de libros, rollos y textos sagrados. Contra la pared opuesta descansaba una larga mesa de madera, flanqueada por treinta sillas. La luz se filtraba a través de vitrales de colores.
La puerta crujió. Entró un hombre rudo—de piel canela, barbado, de unos cincuenta años—con una larga cicatriz atravesándole la mejilla. Su sola presencia era tosca, amenazante.
—¿Que necesita? —preguntó Freniud.
—Partimos al campamento de Kletus —respondió Milan, alzando la vista—. El rey solicita tu presencia.
—¿Puedo saber de qué se trata? —dijo Freniud, cruzándose de brazos.
—Un hombre como tú siempre está listo —contestó Milan—. Si yo lo estoy, tú también deberías estarlo.
Freniud soltó una risa seca. —Con todo respeto, Su Santidad… he pasado mi vida protegiéndolo de tus enemigos. No me hables de estar preparado.
—¿Te consideras mi enemigo Freniud? —preguntó Milan en voz baja.
—Sabe muy bien que no —gruñó Freniud—. No me insulte.
—Entonces, ¿eres mi protector? —insistió Milan.
Freniud entrecerró los ojos. —¿Su Santidad necesita descansar? ¿O acaso está perdiendo la razón?
—Pregunto —dijo Milan, inclinándose hacia adelante— porque actúas como si te debiera respuestas.
Freniud apretó los puños pero no replicó.
—¿Sabes por qué el rey permite que sigas aquí? —prosiguió Milan—. Porque le digo que te necesito. Porque le aseguro que eres útil—y no la bestia.
Freniud desvió la mirada, con la mandíbula rígida.
—¿Sabes cuál es la diferencia? —alzó la voz Milan—. Él oculta lo que tú exhibes. Eres grosero. Inculto. Sin ningún derecho a la vida que llevas. Así que no exijas explicaciones.
Freniud clavó la mirada en el suelo, con la furia ardiendo bajo su silencio. Luego, sin decir palabra, se dio media vuelta y salió.
Al marcharse, Gelio entró por el otro extremo del pasillo. Pasaron tan cerca que casi se rozaron, pero Freniud ni lo miró. Gelio se volvió para observarlo, y después se acercó a Milan.
—¿A nuestro amigo no le agradó la idea de pasear al perro? —dijo Gelio con una sonrisa irónica.
Milan se levantó y retiró una silla. Gelio se sentó lentamente, gimiendo al acomodarse.
—Intento mantenerlo centrado —dijo Milan—. Siempre desaparece y termina borracho en algún burdel.
—No puedes culparlo —rió Gelio—. ¿No fuiste tú quien lo trajo aquí, cuando no era más que un mocoso de la calle?
Milan no respondió.
—Ahora estás libre del juramento del viejo rey —añadió Gelio—. La bruja rompió el pacto.
—Eso me preocupa —admitió Milan—. No regresaría sin un motivo.
—Ha tenido décadas para matarnos a todos… y no lo ha hecho —repuso Gelio—. No me digas que por honor. O por respeto al rey difunto.
—Ese es el problema —dijo Milan—. No sé qué busca.
—Entonces descúbrelo —dice Gelio—. Yo no puedo preguntar. Le hice arrancar la lengua, a todo aquel que la conocia, por si alguien acaso volvía a pronunciar el nombre de Fondeur.
Gelio se inclinó hacia adelante, percibiendo algo más.
—Estás inquieto. Hay algo más.
—Las Leyes de los Sabios —susurró Milan.
—¿Te refieres a las profecías? —preguntó Gelio.
—La ley que reemplazaría al imperio de Dios —respondió Milan—. Aquella que desafía al cristianismo. Ekatulia profetizó una vez a un hombre que definiría la vida más allá de la muerte—no por la fe, sino por la verdad. Temo que haya regresado para convertirse en el sacrificio que abrirá paso a la llegada de su profeta.—¿Cómo puedes estar seguro? , ademas el lider del vaticano esta en sus ultimas, el cristianismo sera historia.—replicó Gelio.—Hay una persona que conoce bien la profecias de la bruja.
Gelio soltó una carcajada, burlón. Pero su sonrisa se desvaneció al ver la calma seria en los ojos de Milan.
—El monje… —susurró Gelio—. ¿El monje de Galomé?.


