Sobre los dioses y sus campeones

Cuando los dioses se decidieron a crear una vida distinta a las que habitaban por entonces la tierra, debatieron largo tiempo acerca del cómo y por qué, el dónde y cuándo. Y Er, el mayor entre ellos, les recordó a sus hermanos acerca de sus propios orígenes, del amor que les fue demostrado, y que por lo tanto las razones eran lo de menos, y que estas surgirían luego de la creación.

Entonces Aurl, el herrero, tomó la palabra, y sus palabras fueron refinadas y bien templadas, pues había pasado largo tiempo forjándolas en silencio hasta que estas fueran perfectas. Y todos los dioses lo escucharon atentamente, excepto Lothmel, que apartado del grupo contemplaba las criaturas que habían creado y las palabras de sus hermanos le llegaban apenas como un susurro. Y tras las palabras de Aurl siguió Syman, el navegante, y su voz rugió como un vendaval, y su discurso fluyó como las aguas que separan las estrellas unas de otras. Y todos estuvieron de acuerdo en que ellos sean los encargados de dar vida a estas nuevas criaturas junto a Lian, la salvaje, que destacaba entre sus hermanos por el amor que sentía hacia todas las vidas que poblaban la tierra.

Y Er decretó que ellos tres serían los guardianes de esta nueva vida mientras el resto se ocupaba de otras labores. Pero Er también se percató de que Lothmel estaba apartado de sus hermanos y no tenía interés en los proyectos que estos planeaban, por lo que decretó con voz más fuerte aún que él también se les uniría. Y estas palabras llegaron a Lothmel como un trueno, un reventar de las aguas contra las rocas y un silbido del viento. Y sobresaltado, se acercó a sus hermanos y cuestionó el decreto, produciendo gran conmoción entre ellos. Pero Er volvió a hablar antes que nadie, y de nuevo truenos, aguas y vientos restallaron contra Lothmel, y este no pudo sino aceptar.

Bajaron entonces los cuatro dioses y se dispusieron a crear a los hombres. De todos, Lian fue la más activa, proponiendo formas y probando métodos. Pero Lothmel fue el más disperso, pues se distraía constantemente con los ruidos del bosque y con el chapoteo de las aves en los charcos; varias veces fue regañado por su ineficiencia y tantas veces más se distrajo él. Finalmente concluyeron su tarea, y dieron vida a cuatro hombres y cuatro mujeres, y les encomendaron nombrar a su gusto todo cuanto vieran y a sí mismos.

Luego, Aurl, Lian y Syman se sumergieron en un profundo sueño que duraría varios años, cansados por su arduo esfuerzo; pero Lothmel, que poco había hecho, se dirigió al bosque que está al este del valle en el que crearon a los hombres, y allí se hizo amigo de todas las criaturas: animales y plantas, hongos e insectos, y dio nombre a cada roca y charco de agua, y con el nombre les dio un espíritu también.

Y pasaron los años, y los hombres tuvieron hijos. Fue entonces que los dioses despertaron de su descanso, y se acercaron a ver qué hacían sus hijos. Y al verlos trabajar torpemente con sus manos y construir cosas que se rompían fácilmente, decidieron bendecirlos para que tuvieran éxito en sus labores. Fue así que Aurl adoptó a los hijos de Shumen, y les otorgó el don de la minería, la orfebrería y el trabajo en general de los metales. Lian tomó a los hijos de Tirias como suyos, y les dio el don de domesticar animales y les enseñó a elaborar quesos y toda suerte de comidas. Y Syman, escuchando las plegarias de los hijos de Iloco a todos los dioses, se compadeció de ellos y les cumplió su rezo y les enseñó a construir naves y a navegar los ríos y mares. Esto resultó en celos por parte del dios Yramir, el remero, pues él también sabía navegar y estaba por responder a los hijos de Iloco cuando Syman se le adelantó.

Y los dioses buscaron por todas partes a los hijos del cuarto hombre, y se entristecieron gravemente al ver que este había rechazado la compañía de sus hermanos y se había internado en el bosque. Pero Lothmel se interesó en él, pues ambos eran distintos a sus hermanos, y nada de lo que a ellos les satisfacía era bueno para ellos, y sus corazones perpetuamente vacíos buscaban siempre algo más. Así que Lothmel le concedió larga vitalidad, y mientras que sus hermanos Iloco, Tirias y Shumen murieron en su vejez, él se mantuvo joven hasta el último de sus días.

Finalmente, tras largo tiempo, Lothmel se le apareció en un sueño al cuarto hombre. Allí se presentó como su querido padre, y lo nombró su querido hijo, Thrand; también le encomendó volver adonde sus hermanos, buscar una esposa y tener hijos que sean para él también sus queridos hijos. Este fue el primero de los campeones de los dioses, pues mientras que los demás dioses bendecían a las familias en general, Lothmel bendijo específicamente a Thrand, y posteriormente a unos pocos de sus descendientes, cuando estos tenían una misión que cumplir.

Así fue que Thrand se presentó entre sus parientes cuando estos estaban de duelo por la muerte de Iloco. Solo Tora, la cuarta de las mujeres, quien debía ser su esposa, lo reconoció, pues él se había marchado mucho antes de que sus hermanos tuvieran hijos. Entonces el duelo se transformó en fiesta, aunque el dolor no había desaparecido por completo. Allí Thrand se enamoró de Mora, la hija de su hermana, y tras hablarle del sueño en el que Thrail Lothmel se le apareció y de la misión que le encomendó, la desposó. Ellos vivieron largo tiempo en el bosque Feras, al este del valle Antiloquia, y tuvieron tres hijos y una hija, la más bella de todas las hijas de los hombres.

Con el pasar de las generaciones, los dones entre los hijos de los hombres se habían mezclado, y fue así que uno de los hijos de Iloco, Erias, crió una raza de caballos muy fuertes; y Terias, de los hijos de Tirias, fue un gran navegante, que cruzó el Mar del Norte junto a Ilos. Pero los hijos de Shumen eran muy celosos de su don, y aunque los demás hombres podían fabricar herramientas y trabajar las piedras preciosas, ninguna de estas tenía la misma calidad, pues los hijos de Shumen sabían pulir el mayor de los brillos y forjar el más duro de los metales.

Y sucedió que por estas épocas, Yramir tomó como hijos a Ilos y a Terias, y les enseñó los secretos del mar que Syman no había querido enseñarles, y los guio por el río Tir hasta atravesar el Mar del Norte y llegar a una nueva tierra. Allí Moria, la fogata, esposa de Yramir, los bendijo y los ayudó a fundar ciudades. Luego, el divino matrimonio los impulsó a descubrir nuevas tierras y a aumentar sus hogares, pues nada les satisfacía más a estos dioses que navegar lejos y luego volver al hogar donde la familia los recibía con cantos y comidas. Sin embargo, no se imaginaban que estas criaturas eran mucho más ambiciosas que ellos, y que mucho era necesario para apaciguar sus ansias por un momento siquiera.

Así que, tras un tiempo, Ilos y Erias atacaron Antiloquia cegados por la ambición. Asesinaron a muchos y tomaron muchos esclavos, y los dioses vieron todo esto con lágrimas en los ojos. Así que se reunieron para decidir qué harían con estos, y Er tomó primero la palabra. Y aunque la matanza le había producido gran tristeza, dijo que esta era parte de las peleas y discusiones naturales de los hijos de los hombres. Así como ellos mismos disentían y envidiaban, los hijos de los hombres también, y así era como lo demostraban.

Entonces Lórel, la que sopla, habló. Y sus palabras fluyeron como la suave brisa que acaricia el rostro y cosquillea a las flores. Y ella dijo que no podían ignorar tal acto, y que los culpables debían ser castigados mientras que compensarían a las víctimas. Pero Aurl se pronunció en contra. Rugió que no debían intervenir directamente, sino que debían dejarlos arreglar sus asuntos ellos mismos. Y siguieron los dioses discutiendo durante largo tiempo. Y defendían su postura unos y otros; y algunos se dejaban convencer por un punto, pero al escuchar el contraargumento cambiaban su pensar. Hasta que al final Er volvió a tomar la palabra, y su veredicto fue terminante. Cada dios actuaría como le pareciera, pero de ninguna forma podía matar directamente a ninguno de los hijos de los hombres. Y tras esto, cada uno se fue por su parte. Los que querían ayudar a los hijos del valle a tomar venganza se reunieron para decidir cómo actuarían, y los que estaban de acuerdo con que los hijos de los hombres siguieran sus corazones se reunieron también.

Lothmel, quien hace mucho tiempo no se reunía con los dioses, no estaba al tanto de la discusión que tuvo lugar en el cielo. Pero él estaba decidido a proteger el bosque Feras, y sabiendo que no pasaría mucho hasta que los hijos de Iloco fueran a atacarlo, tomó a Thruir y a Treuin como sus campeones. Y aunque no pudieron prevenir la matanza del valle (pues nadie imaginaba que Terias, pese a su amistad con Ilos, traicionaría a sus hermanos), estos se habían jurado vengarlos.

Yramir, por su parte, trató de influir en el corazón de Ilos y apaciguar sus ansias. Pero su corazón era muy duro, e Yramir no era tan poderoso como los demás dioses, por lo que todos sus esfuerzos fueron en vano. Así que dejó de infundirle el valor para aventurarse en nuevos territorios, e Ilos detuvo su conquista en la Ilotruin, pero siguió desarrollando sus ciudades y construyendo grandes y resistentes barcos. Y su hijo Iloquias desposó a Morápor, la hija de Lorias, y ella se convirtió en su segunda esposa, pues la primera no podía tener hijos ya que Moria les había retirado su bendición. Y así Iloquias fue padre de Ergen. Tenía treinta años cuando fue padre, y tras dar a luz, Morápor se encerró en su habitación y se negó a darle el pecho o ver siquiera a su hijo, pues no fue con gusto que ella lo concibió. Entonces Iloquias entregó a Ergen a una nodriza para que lo criara mientras él continuaba aventurándose en nuevos territorios.

Iloquias viajaba con la bendición de Yramir, pues él era un niño cuando su padre atacó el valle y no era culpable de la sangre de sus parientes. Así fue que en sus viajes al este encontró a un viejo ermitaño que vivía muy austeramente, pero su corazón era tan grande como los cielos e invitó a Iloquias de su comida. Y sucedió que mientras él comía, el viejo tocó una música con su extraño instrumento. Y al oír la bella música, sintió que recuperaba las fuerzas, y que sus heridas sanaban por completo. El ermitaño le contó que su instrumento era un regalo de los dioses, y que con él tenía el don de sanar todas las heridas y de rejuvenecer a todos aquellos que él quisiera. Entonces Iloquias deseó el instrumento, pues vio en él la posibilidad de ser inmortal, así que mientras el viejo dormía, lo asfixió con su abrigo. Entonces se lo entregó a un joven que lo acompañaba, y él lo tocó mientras comían. Pero el joven no comprendía de armonías y su música era espeluznante, así que en un ataque de ira, Iloquias lo mató con sus propias manos.

Sin embargo, Iloquias jamás pudo regresar a su hogar, y aunque lo buscaron por todas partes, nadie jamás halló rastro de él y de sus compañeros. Así que Ilos, su padre, quien había estado enamorado de Morápor pero no la desposó por respeto a su hijo, finalmente la tomó y se acostó con ella. Pero tras violarla, sintió un profundo asco de ella y la echó de sus aposentos. Forilos, uno de sus hijos, al verla salir desnuda y sollozando, la vistió y luego la acogió como una de sus sirvientas. Y le encargó cuidar de sus hijos, pues tras la muerte de su esposa, se le había hecho muy difícil criarlos. Y resultó que Morápor había quedado embarazada, y tuvo una hija, a la que llamó Done, pues la odiaba; pero Forilos le cambió el nombre a Lemifan, porque decía que aunque se había convertido en causa de tristeza, debía ser amada.

A todo esto, Lórel había comenzado a reunir a los sobrevivientes del valle, y a llevárselos hacia el oeste, mucho más allá del río Ilo. Allí los bendijo y les ayudó a rehacer sus vidas. Doscientas personas se llevó, y nombró a Shulor como su campeón y jefe de todos ellos. Y él comenzó un linaje que se extiende hasta el día de hoy. Sus hijos fueron Tai y Mel, y estos recibieron de Aurl una bendición aún mayor que las de su pueblo. Lórel Morásol se llamó la ciudad, y creció hasta convertirse en la esplendorosa capital que es hoy en día.