—Oh, Carolina, mi querida Carolina, ¿Dónde empezar con este desastre? —susurré yo, el Narrador que te sigue como una sombra invisible, con mi voz resonando solo en el éter narrativo, porque, claro, tú no me oyes, ni me respondes, ni te das por enterada de que existo. Pero aquí estoy, narrándote en este capítulo que, admitámoslo, parece un invitado sorpresa en la novela de Juan Toledo. ¿Qué hace un episodio centrado en ti, mi torpe pero encantadora protagonista, metido en la historia de ese oficinista mundano con su narrador insufrible? Bueno, digamos que es un capricho del autor —o quizás un glitch en el guion— para mostrar cómo el caos se filtra a los personajes secundarios, como un derrame de café que mancha la página entera. Mientras Juan anda perdido en dimensiones alternas, peleando con agencias narrativas y bombas literales, tú, Carolina Duboit, sigues tu vida como si nada, ignorando el Armagedón que se desata a tu alrededor. Y yo, tu fiel cronista, aprovecho esta brecha para tomar el micrófono y narrarte, gracias a un favor de mi abogada Agatha Maleficio, que nos consiguió el protagonismo por un capitulo. Porque, ¿quién sabe? Tal vez este capítulo sea el puente que une todo, o solo un respiro cómico antes del clímax. En fin, veamos cómo sobrevives a este feriado triple sin derramar más que un poco de salsa.

La ciudad, mi querida Carolina, era un pandemonio absoluto, un collage de realidades rotas que se desmoronaba como un manuscrito mal encuadernado. Los edificios parpadeaban como luces estroboscópicas defectuosas: un rascacielos que un segundo era una torre gótica con gárgolas gruñendo, al siguiente se convertía en un bloque minimalista de vidrio y acero que reflejaba un cielo loco. Las calles se curvaban en espirales imposibles, formando loops donde los autos daban vueltas eternas como hámsters en una rueda narrativa; un peatón entraba por una avenida recta y salía por el techo de un kiosco, gritando diálogos incoherentes como “¡Esto no estaba en el borrador inicial!”. La gente corría en manadas desorganizadas, algunos agachándose para levantar baldosas sueltas y espiar debajo, como si buscaran un plot hole literal, mientras otros revolvían tachos de basura con manos temblorosas, murmurando “¡El protagonista debe estar aquí! ¡Sin Juan Toledo, nos borran a todos!”. Decenas —no, cientos— de tipos con gabardinas negras ondeantes y maletines plateados que brillaban como sellos de aprobación rechazada pululaban por cada esquina, escaneando a la multitud con miradas frías y anotando furiosamente en blocs que goteaban tinta roja, como heridas en el papel. “¿Dónde está Juan Toledo? ¡El guion se deshace sin él! ¡Esto es un error de continuidad!” bramaba uno, mientras otro empujaba a un transeúnte y exigía “¡Muéstrame tu arco de personaje o te elimino como extra!”. El cielo, oh, el cielo era el colmo: cambiaba de tonos como un autor indeciso probando filtros en Photoshop —azul eléctrico que hacía que todo pareciera una tormenta audiovisual, rojo furioso que teñía las calles de sangre narrativa, verde enfermizo que convertía a la gente en zombies de un thriller barato—. Globos con formas de naves espaciales flotaban erráticamente, pinchándose solos y liberando confeti que se transformaba en páginas arrugadas a mitad de camino, lloviendo fragmentos de diálogos olvidados como “Y entonces el héroe dijo…” o “Fin del capítulo incompleto”.

Y tú, Carolina, mi optimista inquebrantable, intentabas disfrutar de tu feriado triple como si este caos fuera solo un mal día de tráfico. Hoy era el último, el Día de la Amistad Intergaláctica —o algo así, ¿quién inventa estos nombres?—, y habías salido con tu bolsa de compras, ignorando los gritos y los edificios que se doblaban como origami defectuoso. Compraste esa remera genial que dice “I was Right” en letras neón, con un platillo volador debajo, una guiñada juguetona a “I want to believe”. A pesar del aire festivo que luchaba por sobrevivir —tiendas vendiendo antenas de juguete y máscaras de ET que parpadeaban solas—, la ciudad se sentía tensa, como un elástico narrativo a punto de romperse y azotar a todos. La gente susurraba con miradas nerviosas, esquivando a esos agentes de gabardina como si fueran vendedores ambulantes agresivos. Tú no entendías por qué; parecías la única que no se percataba del elefante en la habitación —o mejor dicho, del plot twist en la plaza—. “Será el estrés del feriado”, murmuraste para ti misma, encogiéndote de hombros mientras esquivabas a un tipo con maletín que casi te atropella.

—Oh, Carolina, si supieras lo que es estrés de verdad —respondí yo, riendo en el vacío narrativo, sabiendo que mis palabras se perdían en el éter—. Esto no es estrés, es el fin del guion como lo conocemos. Pero sigue adelante, mi querida, con tu remera de aliens; al menos tú mantienes la cordura mientras el mundo se deshilacha.

Te dirigiste a esa cafetería que tanto te gusta, la de mesas al aire libre donde el aroma a café fresco intentaba competir con el olor a tinta quemada que flotaba en el aire. Pediste un café con leche —grande, con extra espuma, porque ¿por qué no mimarte en un feriado?— y una medialuna rellena de dulce de leche que prometía consolar cualquier anomalía dimensional. La chica que te atendió, con cabello negro azabache lacio y brillante, te recordó por un instante a Juan Toledo —ese corte torpe, esa sonrisa que parece disculparse por existir—. Sacudiste la cabeza, desechando el pensamiento como una migaja pegajosa. Hacía tiempo que habías dejado atrás esos sentimientos confusos por él: ese crush pasajero nacido de tropiezos compartidos en la oficina, de mañanas donde ambos derramaban café y reían de sus desastres mutuos. Ahora era solo un compañero de trabajo, un buen amigo, nada más. “Pobre Juan, seguro sigue clavado en ese informe ultra super importante del Sr. Ramírez”, murmuraste al aire, dando un sorbo al café mientras el cielo viraba a un rojo sangre que hacía que tu remera neón pareciera brillar como un faro alienígena.

—Pobre Juan, dices tú —repliqué yo, con un tono juguetón que solo yo oía—. Si supieras que tu “pobre Juan” es el epicentro de este lío, el protagonista desaparecido que tiene a la Agencia revolviendo la ciudad como un cajón de medias desparejadas. Pero no, tú sigues sorbiendo café, mi Carolina, ajena al drama. ¡Bien por ti! Al menos alguien disfruta el feriado.

En fin, había sido un día productivo a tu estilo: dormiste hasta tarde —¡benditos feriados que permiten eso!—, y luego te cocinaste una rica pasta con salsa de queso y hierbas. Bueno, tuviste que hacerla dos veces; no entremos en detalles, pero un resbalón en la cocina, una olla que decidió independizarse y volar, y esa mancha de queso en el techo que ahora cuenta una historia divertida de escaleras improvisadas y risas solitarias. “Nota mental: comprar un trapeador más largo”, pensaste mientras salías a pasear. Compraste la remera, algunos víveres —frutas, leche, galletitas para emergencias emocionales—, y tras disfrutar tu café (que, milagrosamente, no derramaste a pesar de un edificio que se inclinó peligrosamente cerca), te dirigiste a tu departamento. Mañana era día laborable, y querías acostarte temprano. Seguro que mañana todo estaría en orden; algo te lo presentía, como un cosquilleo en el fondo de la mente, un susurro de que el guion —o lo que quede de él— se enderezaría solo. Porque, ¿quién sabe? Tal vez tu normalidad sea el ancla que salve el guion de Juan, o quizás solo un respiro antes de que todo explote. Duerme bien, mi querida; mañana podría ser un borrador nuevo… o un final en blanco.