CAPÍTULO 03: Azul Oscuro
Base de Operaciones de la F.E.E.R “Seibom”
Ciudad de Orionon — Continente de Armins
Planeta Excarla — República de los Dioses
Dos días después
El amanecer en Excarla llegaba de golpe, como una decisión, como si el planeta no tuviera paciencia para las transiciones. Tailon era distinto: ahí la luz llegaba despacio desde el mar y teñía el cielo en capas — primero el naranja en el horizonte, luego el rosado, luego el azul completo que tardaba casi una hora en instalarse. Aquí un momento era noche cerrada y el siguiente el cielo era blanco y duro y la base Seibom proyectaba sombras largas y precisas sobre el asfalto de los hangares.
Katska llevaba despierta desde antes del amanecer.
Era el mismo mecanismo que siempre había tenido, no el insomnio común — la incapacidad de seguir durmiendo cuando sabía que algo iba a pasar. No importaba si era bueno o malo o neutro. Si era significativo, el cuerpo se adelantaba. Lo había tenido el día de la graduación. Lo había tenido la primera vez que voló un simulador de combate real en tercer año. Lo tenía ahora, a las cinco y cuarenta de la mañana, sentada en el borde de su cama con los pies en el suelo frío y el uniforme ya puesto.
Se quedó así exactamente el tiempo necesario para terminar de despertar del todo.
Luego se levantó y fue al hangar.
A esa hora el hangar secundario estaba casi vacío. Dos técnicos de mantenimiento trabajaban en el extremo norte con una linterna de trabajo que proyectaba un círculo amarillo sobre el vientre de un Alarion en revisión. No levantaron la vista cuando entró. Katska tampoco los saludó; a las cinco y cuarenta de la mañana el protocolo social tenía una versión reducida que todos los militares aprendían a reconocer, no por descortesía.
Caminó hasta el Alarion que le habían asignado.
Seguía siendo el mismo de los últimos días — el actuador del alerón derecho había sido reemplazado dos días antes, según el registro de mantenimiento que había consultado la noche anterior. Lo comprobó de todas formas. Pasó los dedos por el borde del alerón, sintiendo el ajuste, la resistencia correcta, el milímetro de tolerancia que separaba un componente bien instalado de uno que iba a fallar en el peor momento posible.
Estaba bien.
Subió al cockpit sin encender nada. Solo se sentó, ajustó los controles a la posición que había calibrado para su cuerpo en las primeras sesiones de simulador, y miró el panel apagado frente a ella.
El Alarion IV en reposo tenía un silencio específico — el de una máquina que podría estar en el aire en cuatro minutos si alguien le diera la orden, muy distinto del silencio artificial de una sala de entrenamiento que los simuladores nunca replicaban del todo. Una diferencia sutil. La suficiente.
Afuera, el amanecer de Excarla terminó de instalarse de golpe y la luz dura del planeta llenó el hangar por las ventanas laterales.
El briefing de asignación de unidades estaba programado para las nueve horas en la sala de operaciones principal — un espacio que Katska había visto desde afuera en varias ocasiones pero al que todavía no había tenido acceso formal. Los Obertlaun en espera de asignación habían circulado durante semanas alrededor de esa sala como planetas alrededor de un centro de gravedad, sin que nadie les dijera exactamente cuándo iba a cambiar su condición de espera a otra cosa.
Hoy era ese día. Lo había confirmado el Oberkomdan Drakis la tarde anterior, con la economía de palabras que lo caracterizaba.
—Mañana, nueve horas, sala de operaciones. Uniforme completo.
Nada más. No había hecho falta.
A las ocho y cuarenta y cinco el corredor frente a la sala de operaciones tenía el aspecto particular de un lugar donde varias personas intentan parecer tranquilas simultáneamente y ninguna lo logra del todo. Theodas Krim ajustaba el cuello de su uniforme por tercera vez sin necesidad aparente. Aldric Voss tenía los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Lenna Arvik miraba el techo con la expresión de quien cuenta las irregularidades del material para tener algo en qué pensar.
Herza estaba apoyado contra la pared con las manos en los bolsillos.
—Ya llegaste — dijo cuando vio a Katska.
—Llevo aquí quince minutos.
—Lo sé. Te vi pasar cuando salí del comedor. — Hizo una pausa breve. — ¿Comiste algo?
—Café.
—Eso no es comer.
—Es suficiente.
Herza no insistió. Conocía el tono exacto con que ella decía es suficiente cuando significaba no voy a seguir hablando de esto y el tono con que lo decía cuando significaba algo completamente distinto. Este era el primero.
A las nueve en punto la puerta de la sala de operaciones se abrió desde adentro.
La sala era más grande de lo que Katska había imaginado desde el exterior — un espacio rectangular con el techo alto, paredes cubiertas de pantallas de datos y mapas tácticos en distintos estados de actualización, y una mesa central larga de superficie oscura que reflejaba débilmente la luz artificial. Había sillas suficientes para veinte personas. Esta mañana, diez de ellas estaban ocupadas por oficiales de distintos rangos que Katska procesó en orden de izquierda a derecha con la misma rapidez metódica de siempre.
Al frente, de pie junto a la pantalla principal, estaba el Oberkomdan Vael Soris.
Cuarenta y tantos años. Cabello oscuro con las primeras líneas de gris en las sienes. El uniforme de la F.E.E.R impecable, con las condecoraciones de alguien que había visto suficiente combate como para tenerlas pero que no las llevaba con ostentación. Tenía la postura de quien ha dado este tipo de briefings suficientes veces como para hacerlo sin preparación y con la misma precisión de todas formas.
Los Obertlaun en espera tomaron asiento frente a la mesa. Katska eligió el segundo lugar desde la izquierda — ángulo directo a la pantalla principal, visión lateral completa de la sala.
Herza se sentó a su derecha sin que ninguno de los dos lo coordinara.
—Buenos días — dijo el Oberkomdan Soris, sin el tono ceremonioso que ese saludo a veces cargaba en contextos formales. Era simplemente una declaración de que el briefing comenzaba. — Voy a ser directo porque no tenemos tiempo para lo contrario.
Activó la pantalla principal.
Un mapa táctico se desplegó — sectores marcados en distintos colores, rutas de patrullaje, zonas de conflicto activo señaladas en rojo que Katska reconoció en parte de los informes que había estado leyendo por cuenta propia durante las semanas de espera. El Sector Nueve aparecía en la esquina superior derecha, marcado con un código de acceso restringido que era en sí mismo una confirmación de todo lo que Theodas había escuchado sin querer en el hangar.
—La situación en el frente norte ha cambiado en las últimas semanas — continuó Soris. — No voy a detallar operaciones en curso en este contexto, pero lo que sí puedo decirles es que la F.E.E.R necesita unidades operativas completas con la mayor rapidez posible. La Seibom tiene el mandato de completar asignaciones antes del fin de este ciclo.
Una pausa. Miró a los Obertlaun frente a él con la atención particular de alguien que está evaluando en tiempo real.
—Hoy se completan las asignaciones de escuadrón. A partir de mañana, entrenamiento de unidad en condiciones reales. En tres semanas, evaluación de aptitud operativa. — Otra pausa, más breve. — Las preguntas sobre destino final de asignación tendrán respuesta una vez que las unidades estén operativas. No antes.
Katska procesó eso sin cambiar la expresión. Tres semanas.
Soris activó una segunda capa del mapa.
—Escuadrón táctico de caza Usak. — El nombre apareció en la pantalla con el emblema correspondiente — negro y rojo, espada y huesos y rayos, el tipo de insignia que alguien había diseñado con intención deliberada de que no se olvidara fácilmente. — Composición: seis pilotos. Obertlaun Luettan, líder de escuadrón. Obertlaun Kellerger, segundo al mando.
Katska no movió un músculo.
A su lado, Herza tampoco.
—Obertlaun Voss, Obertlaun Solen, Obertlaun Krim, Obertlaun Arvik. Completando el escuadrón. — Soris miró directamente a Katska. — Obertlaun Luettan, el escuadrón es suyo a partir de este momento. Cualquier pregunta operativa pasa por usted.
—Entendido, Oberkomdan — dijo ella.
Su voz no reveló nada de lo que estaba procesando simultáneamente — la responsabilidad específica de lo que acababa de recibir, los cinco nombres que acababan de convertirse en su responsabilidad, el hecho de que Herza iba a ser su segundo y que eso tenía implicaciones que todavía no había terminado de calcular.
Todo eso podía procesarlo después.
Ahora había un briefing en curso.
La sala de operaciones se vació en veinte minutos. Los seis pilotos del recién formado escuadrón Usak quedaron solos en el corredor exterior con el tipo de silencio particular que produce una asignación importante en el momento exacto en que termina de volverse real.
Theodas fue el primero en hablar, como siempre.
—Usak — dijo, como si el nombre necesitara ser pronunciado en voz alta para terminar de existir. — El emblema tiene huesos.
—Son huesos cruzados — dijo Mira, con la misma inflexión plana de siempre. — Distinto.
—¿En qué sentido es distinto?
—En el sentido de que son cruzados.
Katska los dejó hablar. Miró el emblema en la hoja de asignación que llevaba en la mano — la imagen que ya había visto en la pantalla, ahora en papel, más pequeña pero igual de definitiva. Espada central, huesos cruzados a los lados, rayos en los bordes superiores. Negro y rojo.
Bien.
—Luettan.
Era Herza, en voz baja, a su lado. Los demás seguían en su propia conversación.
—Lo sé — dijo ella, antes de que él terminara la frase.
Una pausa.
—¿Qué es lo que sabes exactamente?
—Lo que ibas a decir.
—No sabes lo que iba a decir.
Katska lo miró de lado.
—Ibas a decir que tres semanas es poco tiempo para tener el escuadrón operativo al nivel que Soris describió.
Herza consideró eso.
—Iba a decir que nos invitan a comer para celebrar la asignación — dijo. — Pero lo tuyo también.
Katska volvió a mirar la hoja de asignación.
—Tres semanas — repitió en voz baja, para ella misma más que para él.
—Con estos cuatro — dijo Herza, igualmente en voz baja — y con nosotros dos. No es imposible.
—No dije que fuera imposible.
—No, pero lo estabas calculando.
Lo estaba calculando. Aldric Voss era sólido en los simuladores — técnicamente correcto, poco creativo en situaciones no previstas. Mira Solen era exactamente lo que había catalogado desde el primer día: alguien que iba a ser mejor piloto en seis meses, lo que significaba que ahora mismo todavía no era ese piloto. Theodas Krim compensaba el nerviosismo con velocidad de reacción que a veces funcionaba y a veces era exactamente lo contrario de lo que se necesitaba. Lenna Arvik era una incógnita real — había visto poco de ella en los simuladores y lo poco que había visto era difícil de categorizar.
Tres semanas.
—No es imposible — acordó finalmente.
El vuelo de formación estaba programado para las quince horas.
El tiempo entre el briefing y la hora de vuelo tenía la textura específica de las esperas que no son esperas sino preparación activa — revisión de equipos, ajuste de comunicaciones entre los seis cazas, calibración de los sistemas de identificación de escuadrón que permitían al radar de cada piloto distinguir a sus propios compañeros del resto del tráfico aéreo. Katska hizo todo en orden, sin apuro y sin pausa, con la lista mental que había construido durante las semanas de simuladores en la Seibom.
A las catorce horas estaba en el hangar verificando el Alarion por segunda vez en el día.
Mira Solen apareció veinte minutos después con la misma metodología silenciosa de siempre — sin anunciarse, sin conversación innecesaria, directo a su propio caza. Katska la observó de reojo mientras revisaba el panel de aviónica. La forma en que Mira tocaba los componentes era la de alguien que también había aprendido a leer las máquinas con las manos antes que con los instrumentos.
— Solen.
Mira levantó la vista.
— ¿Cuántas horas de vuelo real tienes? — preguntó Katska. Era una pregunta que no figuraba en ningún formulario oficial — tenía acceso a los expedientes, podía haberlo verificado. Pero los expedientes decían horas registradas y las horas registradas no siempre decían lo mismo que la respuesta cuando alguien la daba en voz alta.
— Ciento cuarenta y dos — dijo Mira. Una pausa breve. — Setenta y seis en Alarion. Las demás en modelos anteriores.
— ¿Alguna en condiciones de visibilidad reducida?
— Dieciséis. Simuladas, no reales.
Katska procesó eso y volvió al panel.
— Bien — dijo.
Mira volvió a su caza sin preguntar por qué le había preguntado. Eso también era información.
A las quince horas menos cinco, los seis Alarion del escuadrón Usak estaban en la pista de despegue en formación — dos filas de tres, los motores encendidos con ese zumbido profundo que a esta distancia se sentía más en el pecho que en los oídos. El color violeta-rosado de los propulsores teñía el asfalto detrás de cada caza con una luz que en el atardecer de Excarla tenía algo casi irreal.
Katska tenía las manos en los controles con la presión exacta que había aprendido a usar — ni tensa ni relajada, el punto medio donde los dedos respondían antes que el pensamiento consciente.
— Usak Líder a torre Seibom. Escuadrón completo, listo para despegue.
— Torre Seibom a Usak Líder. Autorización confirmada. Ruta Delta-Cuatro, techo máximo capa alta de atmósfera. Bienvenidos al cielo, Usak.
Katska no respondió a eso último. Empujó el acelerador.
El Alarion respondió de inmediato — esa era la palabra correcta, respondió, como si la máquina hubiera estado esperando exactamente esta cantidad de presión exactamente en este momento. La aceleración los aplastó contra los asientos con la brutalidad familiar y completamente diferente de los simuladores, porque los simuladores replicaban los números pero no el peso real, no la sensación de que el suelo se alejaba no porque uno subiera sino porque el mundo se quedaba atrás.
Detrás de ella, en el canal de escuadrón, cinco confirmaciones cortas en orden.
— Usak Dos, en posición. — Usak Tres, en posición. — Usak Cuatro, en posición. — Usak Cinco, en posición. — Usak Seis, en posición.
Herza era el Dos. Lo reconoció por el tono antes de que el identificador apareciera en el visor — cuatro años de formación juntos producían ese efecto, la capacidad de distinguir una voz en el canal antes de que ningún sistema lo confirmara.
— Usak, mantengan formación Delta hasta alcanzar capa media. — La voz de Katska en el canal tenía el mismo tono que usaba para todo lo que importaba — sin urgencia innecesaria, sin el énfasis artificial de quien intenta sonar a cargo. — Ascenso controlado. Nada de iniciativa individual hasta que yo lo indique.
Eso último era para Theodas, aunque no lo dijo con su nombre.
La formación ascendió.
La capa media de la atmósfera de Excarla era donde el azul oscuro comenzaba.
Era casi una línea, más que una transición gradual — no perfecta ni absoluta, pero suficientemente definida para que uno supiera exactamente cuándo la había cruzado. Debajo, el planeta todavía era verde y gris y los patrones geométricos de Orionon visibles desde esa altura como un mapa que alguien hubiera dibujado con regla. Arriba, el azul se oscurecía en capas hasta que en el límite superior de la atmósfera dejaba de ser azul y empezaba a ser otra cosa — negro con profundidad, negro que no era ausencia de color sino presencia de espacio.
Katska conocía ese color.
Lo había visto en los simuladores, en fotos, en los relatos de los instructores de la Kiela que habían volado sobre la atmósfera antes que ella. Pero verlo desde adentro — con el planeta curvo debajo y el vacío apenas contenido arriba y el Alarion respondiendo con esa precisión que ningún simulador replicaba del todo — era diferente de todas esas versiones anteriores de la misma cosa.
Era el original.
— Usak, formación abierta. — La orden salió con calma. — Mantengan distancia de referencia. Quiero ver cómo se mueven.
Los seis cazas se dispersaron con distintos grados de fluidez. Herza ejecutó la maniobra con la economía de movimientos de quien la ha hecho suficientes veces — limpio, sin exceso. Mira Solen tardó medio segundo más pero el resultado era igualmente preciso. Aldric Voss fue correcto y predecible, exactamente como lo había calculado. Lenna Arvik hizo algo que Katska no esperaba — una apertura lateral ligeramente más amplia de lo especificado, no por error sino como ajuste deliberado que mejoraba el ángulo de cobertura de su posición.
Katska lo procesó sin comentarlo. Todavía.
Theodas fue el último en completar la formación abierta, medio segundo por encima del tiempo razonable, con una pequeña corrección visible en el eje vertical que decía exactamente lo que ella ya sabía sobre él.
— Usak Tres — dijo por el canal.
— Usak Tres, adelante — respondió Theodas, con el tono de quien sabe que viene algo.
— La corrección en el eje fue reactiva. La próxima vez ajusten antes de que el sistema lo detecte. El enemigo no espera que terminen.
Una pausa.
— Recibido, Usak Líder.
Sin dramatismo. Sin elaboración. Katska siguió adelante.
— Usak, mantenemos posición durante diez minutos. Después hacemos un pase de reconocimiento en formación cerrada sobre la capa alta y regresamos a la Seibom.
Confirmaciones en orden.
Por un momento el canal quedó en silencio y los seis cazas negros flotaron en la capa media de la atmósfera de Excarla como seis puntos suspendidos entre el planeta y el vacío, con los propulsores violeta-rosados ardiendo despacio en el azul oscuro que daba nombre al día.
Katska miró hacia arriba — hacia donde el azul terminaba y empezaba lo otro.
Tres semanas para estar operativos.
Una guerra que se estaba acercando desde el Sector Nueve con tres sistemas ya en manos imperiales y nadie diciéndolo oficialmente.
Y seis cazas negros en el límite de una atmósfera que todavía era suya.
Todavía.
El pase de formación cerrada sobre la capa alta duró diecisiete minutos.
No hubo incidentes ni errores graves. Hubo, eso sí, lo que siempre hay en el primer vuelo real de una unidad nueva — los bordes sin limar, las fracciones de segundo donde la coordinación fallaba antes de corregirse, la diferencia entre seis pilotos que saben volar individualmente y seis pilotos que todavía están aprendiendo a volar juntos.
Katska lo catalogó todo.
Cuando los seis Alarion aterrizaron de regreso en la pista de la Seibom y los motores se apagaron en secuencia, el silencio del hangar tenía una textura diferente al de la mañana. Era el silencio de después, no el de antes.
Herza se acercó cuando los demás ya se habían alejado hacia los vestuarios.
— ¿Y bien? — dijo.
Katska se quitó el casco y lo sostuvo bajo el brazo. El cabello oscuro le cayó sobre la frente y lo apartó con el gesto automático de siempre.
— Tres semanas — dijo.
— Eso ya lo dijiste.
— Lo estoy confirmando.
Herza la miró con la expresión particular que tenía cuando encontraba algo más gracioso de lo que iba a admitir en voz alta.
— Arvik hizo algo interesante en la formación abierta — dijo Katska, sin cambiar el tono.
— Lo vi.
— Y Solen va a ser exactamente lo que calculé.
— También lo vi.
— Krim necesita trabajar el eje vertical antes de que eso se vuelva un problema en condiciones reales.
— Luettan.
Ella lo miró.
— Lo sé — dijo Herza. — Ya sé todo eso. La pregunta era cómo te fue a ti.
Una pausa. Katska miró el Alarion detrás de ella — el caza negro en reposo, los propulsores apagados, la luz del hangar reflejándose débilmente en el fuselaje.
— Bien — dijo finalmente.
Y esta vez, cuando lo dijo, significaba exactamente eso.


