La Vela

Con sorpresa, se desplaza la mirada de la reina al malherido. El sacerdote exclama que vida tiene, pero el tiempo se nos acaba. Preocupada y angustiada, la reina insiste en preguntar el motivo, mientras que la guardia real atiende a sus heridos. Insisto que estoy muerto, pero los sonidos de tantos murmullos no definen mi destino. La reina insiste en respuestas a mi decisión, nunca refiriéndose por intención. La guardia real le suplica a su Majestad que se monte en el caballo, ya que mucha gente empieza a bajar de la colina con curiosidad en mano.

Agonizando y enlodado, abro mis ojos con mucho dolor y poco pulso. La reina, ya en su caballo, me grita bruscamente: “Morirás por traición cerdo abandonado”. La guardia real intenta llevarme, pero el sacerdote insiste que moriré antes de que me levanten. Heridos y con miedo de replegarse, cabalgan con la reina fuera de mi vista. Mientras yo, con la cara enlodada y desconocido por muchos, entiendo que mi final no tiene vuelta atrás. El dolor me obliga a caer en un sueño involuntario, y mi conocimiento empieza a ser bastante lejano.

Huelo un jardín lleno de rosas, y en mi visión, una montaña llena de frutos: naranjas, manzanas, peras y lechosas. Siento el olor de todas las frutas, ya que el viento se dirige hacia mí, exclamando que llegue a su creación. Camino emocionadamente a explorar tanta belleza. Mi manto de seda blanca me refresca el pecho, mientras mis sandalias de color oro reflejan el sol. Mientras más camino hacia la hermosa montaña, más siento cada sabor de su fruta en mi boca. El agua cristalina se esconde detrás de los árboles, porque cada brillo de su transparencia se nota detrás de las hojas. Al llegar a la montaña, me recuesto del primer árbol. Miro hacia atrás, como si algo se me hubiera olvidado. Al mirar hacia el comienzo de la entrada de la montaña, ya no veo el paisaje, y menos los árboles llenos de fruta; solo un vacío, como si el desierto lo oscureciera.

Siento nuevamente el dolor y la frialdad, ya que empiezo a escuchar a los vivos. Abro mis ojos con mucho dolor, enfrento a la lluvia que cae en mi rostro y al cielo gris que me indica cuándo voy a morir. He notado que el cielo se mueve a mi ritmo, pero me doy cuenta de que me llevan en una carreta subiendo la colina. Ganas de llorar tengo, ya que el movimiento activa mis heridas. A mis pies noto cuatro manos empujando la carreta, enlodadas con el lodo y las uñas largas llenas de tierra.  Escucho el murmullo  de dos personas, que insisten en que morirán antes que yo. Con temor, una de ellas dice que deben huir y dejarme atrás; la otra persona insiste en que no debo morir de esa manera. Sin poder hablar y explicar mi derecho, muevo mi pie izquierdo, exclamando que mi fin debería ser solo para mí. Una de las manos agarra mi pie derecho y llama la atención. En ese momento, caigo nuevamente en mi sueño profundo.

Qué cielo tan hermoso me hace compañía, brindándome épocas y épocas de una buena regalía. Siempre he sentido que la naturaleza se mueve conmigo, porque decora su hermosura pensando en lo que admiro. En mi frente veo un río verde y transparente, que se hace visible desde lo alto de una pequeña montaña, donde me encuentro sentado y aficionado. Al otro lado del río, un valle llano con árboles separados; es tan visible el campo que puedes detectar quién le hace su visita. Un caballo blanco viene galopando desde más allá del valle, alargando cada paso, galopando con velocidad. El caballo interpreta un paso fino en la orilla del río y, brevemente, me mira, como diciéndome que no soy bienvenido. El caballo comienza a beber agua del río, con ambición de poca sed, como si solo mojara sus labios para hacerme creer. Su mirada exige nuevamente que no soy bienvenido, y brinca de un lado a otro con patadas de rebeldía, amenazándome para que no cruce el río. El caballo desaparece al galopar más allá de mi vista. Siento que me deslizo y miro a la grama, que ahora está hecha de lodo. Me deslizo con rapidez hasta caer en el río verde.

Despierto nuevamente, y el techo de madera me dice que estoy en casa ajena. El pasto donde estoy acostado me dice que estoy en un establo. Mi cuerpo, limpio y todavía en un mal estado; mi herida la acompaña una tela ya descolorida, con sangre seca y un verde que rellena mi estocada. La fiebre es tan notable, que mi sed empieza a relucir en mi boca pegajosa. El dolor arde, y el sudor empieza a bajar por mi frente. La brisa de afuera trata de tumbar la puerta y me hace saber que estoy en lo más alto. La oscuridad se esconde detrás del establo. Las velas pelean con la brisa de afuera para insistir en darme luz. El poco pasto en el establo me revela que está viejo y descuidado, porque es como si fuese yo el animal que ocupa todo su espacio. Las velas, apenas separadas sobre una pequeña tabla, se quedan sin movimiento.

De repente, el viento deja de abatir el alrededor. Las velas tranquilizan la chispa de luz, mientras un frío congelante se apodera de mis pies, elevándose mucho más arriba: cintura, estómago, cuello, cabeza y frente. Mis ojos abiertos, como sin derecho a pestañear; mis huesos tiemblan, como si mi piel dejara de existir. En ese momento, solo el silencio es mi testigo, como si en verdad me desconectara de la vida que todavía me acompaña. . Todo ha parado; todo se ha quedado donde está. El ruido se ha vuelto un olvido, porque no escucho el mínimo sonido.

Una voz de repente se escucha detrás de mí.

—Nadie está contigo, solo yo, que ahora soy tu único destino.

Me dice la voz con tono de exclamación. El temor comienza a rendirme homenaje, y empiezo a decirme que he muerto y no me he dado cuenta.

La voz se muda a mi derecha y me dice:

—¡Mi compañía es tuya! Estás en medio de la vida y la muerte, pero tu muerte la quiero segura.

La voz nuevamente me habla, como si quisiera que entendiera. Siento el respirar de la voz a mi izquierda.

—Soy yo el final. Nunca será lo que esperas, pero siento que no te despegas.

En ese preciso momento, una oscuridad se para frente de mí. Como si fuera un espejismo, se convierte en mi imagen, con un manto amarillo que tapa todo el cuerpo, menos la cara. Me reflejo a mí mismo, limpio de toda marca, sin rasguños, afeitado, como si mi piel brillara más que el nuevo día.

Al tratar de hablar, la imagen se sienta a mi derecha y me pasa la mano por mi cabeza. Luego relata:

—En mi camino te has metido; no una y menos dos, sino en toda la jornada que has podido. Amenazas con mi propósito e impediste aquello que he querido.

La imagen deja de pasarme la mano por la cabeza. Mientras tanto, me mira fijamente a los ojos, como exigiendo una respuesta. Al tratar de hablar, la imagen se para y da tres pasos como para salir del establo. Da la vuelta, me mira fijamente y me dice:

—Tu reina ha estado en mi lista. Ya muerta en mi camino, ha muerto tres veces, pero no me la he podido llevar, porque siempre te encuentro en su camino.

Mi miedo escala a otro nivel. Siento mi corazón, y de nuevo la vida me hace compañía. Mis fuerzas regresan solo para contemplar el miedo y, con mis labios temblando de temor, es cuando digo:

—¡Eres la Muerte!

Una breve pausa. Después, una carcajada de burla. La voz me contesta, diciéndome:

—Eres terco, Nivek.